Las grasas trans son, actualmente, el peor enemigo de nuestra dieta alimenticia. Las podemos encontrar en la bollería industrial, los productos precocinados, los ”snacks”, las cremas, las salsas y las margarinas.

Son muchos los estudios científicos que han concluido que existe una relación entre este tipo de grasas y trastornos como la diabetes, cardiopatías, obesidad, enfermedades metabólicas y algunos tipos de tumores cancerígenos. Debido a ello, han sido limitadas en diversos países y numerosas empresas han optado por disminuir su incorporación a los productos que fabrican o incluso, sustituirlas por otras grasas más saludables.

Origen de las grasas trans

Hasta hace relativamente poco tiempo, los productores utilizaban grasas de origen animal (parcialmente saturadas) para la elaboración de bollería y mantequilla pero, a mitad del siglo pasado, se realizaron diversas investigaciones científicas que las comenzaron a relacionar con un mayor riesgo de sufrir cardiopatías. En consecuencia y alentados por la intranquilidad creciente entre sus clientes que pedían el uso de sustancias menos perjudiciales, los fabricantes optaron por reemplazarlas por grasas de origen vegetal, más baratas que las otras y que incorporaban cantidades inferiores de grasas saturadas (a excepción del aceite de coco y el de palma).

Sin embargo, estas grasas vegetales eran más fluidas y se estropeaban en menos tiempo así que decidieron hidrogenarlas, es decir, incorporar átomos de hidrógeno a las moléculas de la grasa para saturarlas de manera artificial. A este nuevo tipo de grasa se le denominó grasas trans.

El procedimiento que utilizaban se fue perfeccionando progresivamente desde los inicios del siglo XX con el fin de “aprovechar los desechos del cultivo del algodón (el aceite de semilla de algodón)", como explica Beatriz Robles, especialista en seguridad alimentaria.

Así, al llegar la década de los cincuenta y los sesenta, este método se fue haciendo cada vez más popular ya que eran todo ventajas para los productores: su manipulación era más sencilla, se licuaban menos a temperatura ambiente y la fecha de caducidad del producto era posterior porque tardaban más en enranciarse. Por si fuera poco, al ser de origen vegetal, eran mejor vistas por los clientes que pensaban que eran más saludables. 

Es en la década de los ochenta cuando surgen la primeras suspicacias acerca de sus consecuencias dañinas.

Grasas trans = Grasas perjudiciales

En la actualidad, como decíamos al principio de nuestro artículo, muchas investigaciones han confirmado esta asociación. La propia Organización Mundial de la Salud afirmó, en 2010, que existen pruebas de que este tipo de grasas es nocivo para nuestra salud por sus consecuencias directas en el peligro de padecer enfermedades cardiovasculares y algunas cardiopatías. 

Un poco antes, en 2006, la publicación científica “The New England Journal of Medicine” divulgó un estudio que constataba que aumentar en un dos por ciento su consumo diario estaba relacionado con un incremento de más del veinte por ciento en el peligro de sufrir una dolencia coronaria.

Hoy en día conocemos los efectos negativos que producen:

-         Aumentan el colesterol malo (como ocurre también con las grasas saturadas).

-         Reducen el colesterol bueno.

-         Al acumularse en las membranas de las células, provocan su envejecimiento.

“También parecen tener relación con el desarrollo de obesidad, diabetes tipo 2 y síndrome metabólico", aunque dicha vinculación es menos evidente, tal y como afirma Rafael Garcés que investiga sobre ellas en el Instituto de la Grasa.

En 2015, La Agencia Española de Consumo, Seguridad Alimentaria y Nutrición, AECOSAN, publicó igualmente otro estudio que las relacionaba "con otras enfermedades como algunos tipos de cáncer o el asma".

En consecuencia, la OMS aconsejó disminuir su consumo diario por debajo del uno por ciento del valor calórico total en 2015.

Las conclusiones de los investigadores tuvieron como consecuencia que determinados países limitaran su utilización. Es el caso de Dinamarca, por ejemplo, que desde el año 2003, tiene prohibido que la presencia de grasas trans supere el 2%  del total de las grasas de cualquier alimento.

El año pasado estudió a sus habitantes y determinó que esta medida había contribuido a evitar algo más de 14 fallecimientos por cada cien mil individuos, anualmente o, lo que es lo mismo, 777 muertos menos por año.

Otros países como Islandia, Suiza, Letonia, Austria o Noruega también tienen normativas parecidas. En USA están completamente prohibidas desde 2018 mientras que en Reino Unido, Alemania y Holanda se ha acordado disminuir su uso en las industrias alimentarias.

En el caso concreto de España, según AECOSAN, tienen muy poca presencia en nuestros alimentos. En cualquier caso solo están limitados al tres por ciento en los alimentos para bebés y no existe normativa al respecto para el resto.

Sabemos la cantidad de grasas trans que contiene un alimento al leer su etiqueta donde debe aparecer si las grasas están "parcialmente hidrogenados" (grasas trans) o "totalmente hidrogenados". "En las totalmente hidrogenadas no aparece la configuración trans. Simplemente pasan a ser grasas saturadas", explica Beatriz Robles, “Pero este etiquetado tiene limitaciones, porque no permite conocer qué cantidad contiene. La legislación europea no permite establecerlo en la información nutricional, ni siquiera de forma voluntaria". Como dice otro especialista en nutrición, José Manuel García Almeida, "Es la grasa oculta".