Solo unos pocos productos alimenticios han protagonizado la primera página de la famosa publicación Time. La vez más reciente fue en los años ochenta, cuando utilizaron un par de huevos fritos y una loncha de panceta para caricaturizar la cara de una persona afectada por un excesivo consumo de grasas. Pensaron que era la mejor forma de expresar el riesgo que supone, para nuestro sistema circulatorio, el comer una cantidad excesiva de colesterol.

Dos décadas antes, a principios de los sesenta, Time dedicó una de sus revistas al científico especialista en fisiología, escritor de varias obras sobre hábitos de vida saludable, Ancel Keys, que pasó a la historia como el "padre de la dieta mediterránea". En sus libros comparaba la dieta de los habitantes de la antigua Grecia con la de sus contemporáneos estadounidenses. En base a dicha comparación, concluyó que aunque la alimentación de los griegos era menos rica y variada, su aparato circulatorio también era más saludable y estaba en mejor estado de forma que el de sus contemporáneos norteamericanos.

Desde entonces y en base a sus investigaciones, la llamada “dieta mediterránea” se ha difundido por todo el planeta, sobre todo en las naciones nórdicas y el mundo anglosajón. En este sentido, la Cambridge University tiene un equipo de estudio especialmente dedicado a este tipo de dieta y su investigación más reciente, del año pasado, afirma que seguir este modelo nutricional evitaría más de veinte mil fallecimientos anuales solo en Gran Bretaña.

Es tal el prestigio de la dieta mediterránea que en 2010 la UNESCO la declaró Patrimonio Cultural de La Humanidad y se creó una fundación cuyo único objetivo era divulgar sus ventajas y beneficios en más de 80 lenguas distintas.

Miles de estudios de científicos acreditan que esta dieta disminuye el peligro de sufrir enfermedades del sistema cardiovascular, cáncer y patologías degenerativas, ayudando así a aumentar la esperanza de vida.

Pero, a pesar de todo (los estudios, sus beneficios y que se inició en los países de la cuenca mediterránea), los datos reales nos dicen que en España no son muchos los que la siguen.

En base a 2 investigaciones realizadas por las Universidades Autónomas de Madrid y Barcelona junto con la Estatal de Londres, solo algo más de un 10% de los mayores de edad de nuestro país, consumen seriamente la dieta mediterránea mientras que, más del 45% únicamente integran algunas de sus pautas, normalmente durante el verano, con cierta asiduidad.

De doce mil individuos encuestados, 8 de cada 10 usan principalmente el aceite de oliva para cocinar y tiene reservas a la hora de consumir demasiadas bebidas azucaradas o productos cárnicos procesados pero, solo 2 de cada 10 come verduras, legumbres y frutas 3 veces por semana, que sería lo idóneo. Tampoco son beneficiosas las grandes dosis de azúcar y grasas que tomamos en forma de miel, dulces y bollería.

Al mismo tiempo, dicen los investigadores que existen colectivos propensos a comer de forma “poco sana”. Son los pertenecientes al grupo de edad que se encuentra entre los veinte y los treinta y cinco años, las personas que fuman, los sujetos que realizan poca actividad física o tienen pocos estudios. De este último dato se podría deducir que pueden darse desigualdades en la salud de las personas en función del tipo de educación que hayan recibido. Otro dato curioso es el hecho de que son más los hombres que las mujeres, los que siguen la dieta mediterránea.

No es un problema de desconocimiento de esta dieta y los hábitos de vida que lleva asociada, es sencillamente que no los ponemos en práctica. Nuestra forma de vida es más occidental o europea: alimentación escasa en frutas y verduras (la mayoría toma, semanalmente, 1 pieza o menos) y abundante en fritos, grasas saturadas, productos cárnicos elaborados y bebidas azucaradas, además de poco ejercicio físico y mucho consumo de tabaco si lo comparamos con otros países.

Todos estos hábitos están propiciados por una forma de vida más acelerada y estresante que nos obliga a comer en poco tiempo aumentando la ingesta de platos precocinados y productos procesados. Esto afecta fundamentalmente a los jóvenes y españoles de mediana edad mientras que la tercera edad es el grupo en el que más disminuye el peligro de comer de manera insana puesto que suelen comer en casa y no almorzar fuera.