Si nos fijamos, el pan que comemos a diario, no es integral normalmente, sino blanco. El caso es que, el que adquirimos en numerosos comercios y grandes superficies, a pesar de que en el envase ponga “Integral”, su color oscuro o los cereales de su corteza, en una elevada proporción, tampoco lo es. La realidad dista bastante de la apariencia. En este artículo vamos a ver a qué se debe esto.

El pan blanco tradicional hace años que ya no se considera necesario en nuestra alimentación diaria. Muchos nutricionistas y científicos han probado que su ingesta está asociada a un mayor peligro de sufrir exceso de peso, diabetes o enfermedades del sistema cardiovascular. Por ello, se aconseja que se disminuya su consumo optando por un pan integral de grano entero que debería elaborarse con 3 cuartas partes de harina integral para ser considerado como tal.

En base a un análisis publicado en 2016 en el reconocido magazine The BMJ, sobre los resultados obtenidos en más de 40 investigaciones, la ingesta de alimentos integrales preparados con grano entero es buena para nuestro organismo y rebaja en un diecisiete por ciento la probabilidad de sufrir patologías como el cáncer de colon, enfermedades del sistema respiratorio o cardiovascular así como diabetes.

Cuando hablamos de productos elaborados con grano entero, nos referimos a aquellos preparados con harinas no refinadas que conservan íntegras todas las partes del cereal (salvado y germen). Estos elementos benefician a nuestro intestino.

Lamentablemente, como nos indica una especialista en dieta y nutrición, el pan que compramos en los supermercados y que supuestamente es “Integral” o “Con un alto contenido en fibra”, en realidad se produce con harina refinada y salvado de trigo añadido. Los productores sacan provecho de la laguna existente en la normativa actual española para así poder calificar de integral al pan que no lo es (o, al menos, no en la proporción que tendrían que serlo).

La AECOSAN (Agencia Española de Consumo, Seguridad Alimentaria y Nutrición) desarrolló una guía que la industria alimentaria debe observar para etiquetar los productos:

- Una etiqueta podrá incluir la frase “Bajo en grasas” solo si por cada cien gramos de producto sólido no se superan los tres de grasas o si por cada cien mililitros de líquido no se sobrepasan los 1,5 gramos.

- Un envase podrá marcarse como “Sin azúcar” si su contenido de azúcar no supera el 0,5% en gramos o mililitros.

- Podrá ser considerado “Light” si la cantidad de calorías del producto disminuye, al menos, en un treinta por ciento si lo comparamos con el normal.

- Será de “Alto contenido en fibra” o podrá “efectuarse cualquier otra declaración que pueda tener el mismo significado para el consumidor, si el producto contiene como mínimo seis gramos de fibra por cada 100 gramos de producto o tres gramos de fibra por cada 100 kilocalorías".

Ahora bien, ¿cuándo puede un producto ser considerado “Integral”? Contrariamente a lo que sucede en otros países europeos, la guía no establece nada al respecto.

Teniendo en cuenta estas indicaciones, las frases trampa que se usan en los panes habitualmente van desde, los que ponen “multicereales”, “100% natural”,”artesanos” o hasta los que incluyen “Elaborados con masa madre”. Con estas argucias pretenden promocionar unas hipotéticas cualidades beneficiosas que, de hecho, no tienen o tienen muy pocas consecuencias buenas para nuestra salud. A veces, incluso, pueden dañarla como sucede con los supuestos panes integrales preparados con harina refinada.